La bachata: de los barrios a Patrimonio de la Humanidad
Hay ritmos que nacen en los salones y ritmos que nacen en la calle. La bachata pertenece a los segundos. Durante décadas fue mirada con desprecio, llamada música de pobres y relegada a los bares y colmados de los barrios más humildes. Hoy suena en discotecas de Madrid, en festivales de Asia y en las listas de éxitos de todo el mundo. El 11 de diciembre de 2019, la UNESCO inscribió la música y el baile de la bachata en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, el reconocimiento más alto que puede recibir una expresión cultural. Esta es la historia de cómo un género despreciado se convirtió en el mayor embajador musical de la República Dominicana.
Una palabra que primero fue una fiesta
Antes de designar un género musical, la palabra bachata nombraba una reunión animada, una fiesta informal en un patio o en una calle. El término, posiblemente de origen africano, designaba la juerga, el jolgorio y la parranda. En las primeras décadas del siglo XX, en Cuba y en el Caribe, decir bachata era decir celebración popular, sin que existiera todavía un estilo musical con ese nombre.
En la República Dominicana, la bachata como sonido tomó forma a partir del bolero rítmico, mezclado con el son cubano, el chachachá y el merengue. De esa fusión nació un género bailable de compás de cuatro tiempos, interpretado con una o dos guitarras, bajo y percusión de bongó, maracas y güira. Sus primeros intérpretes ni siquiera la llamaban bachata: la conocían como bolero campesino, música de guitarra o música de amargue, porque sus letras hablaban del desamor, la traición y la nostalgia.
Los primeros pasos: 1962 y los pioneros
El momento fundacional que más citan los historiadores ocurrió el 30 de mayo de 1962, cuando José Manuel Calderón grabó, acompañado del trío Los Juveniles, los temas «Borracho de amor» y «Condena (qué será de mí)», considerados los primeros registros discográficos del género. Junto a Calderón, Rafael Encarnación y Luis Segura forman la primera generación de bachateros, artistas que cantaron para un público humilde que se reconocía en sus letras de amargue.
Durante los años sesenta y setenta, la bachata vivió al margen de los medios grandes. Era la música de las clases populares, sonaba en los barrios marginales y en las zonas rurales, y las élites la despreciaban. En ese contexto fue decisiva Radio Guarachita, la emisora fundada en la década de 1960 por el locutor y empresario Radhamés Aracena, que dio difusión nacional a músicos que no encontraban espacio en otras estaciones. Sin esa radio, la bachata quizá nunca habría salido de los patios.
De la marginalidad a las listas de éxitos
El cambio empezó a finales de los años setenta y durante los ochenta, cuando éxitos como «Chiquitita», de Leonardo Paniagua, y «Pena por ti», de Luis Segura, llegaron a un público más amplio y la bachata comenzó a sonar en la radio comercial. Una nueva generación de artistas pulió el sonido sin perder su esencia: guitarras más limpias, arreglos más elaborados y letras que seguían hablando del amor y del desamor, pero con una producción moderna.
El salto definitivo llegó en 1990 con «Bachata Rosa», el álbum de Juan Luis Guerra que llevó el género a los escenarios internacionales y le dio un prestigio que nunca había tenido. A partir de ahí, la bachata dejó de ser un género de nicho: Aventura y Romeo Santos la llevaron a estadios llenos en Estados Unidos y Europa, Prince Royce la acercó a una generación joven, y hoy artistas de todo el mundo la interpretan, la bailan y la versionan.
Patrimonio de la Humanidad
El 11 de diciembre de 2019, el Comité Intergubernamental de la UNESCO, reunido en Bogotá, inscribió la música y el baile de la bachata dominicana en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La organización destacó que la bachata es una expresión cultural nativa, siempre presente en las celebraciones de las comunidades y en las reuniones sociales del pueblo dominicano. Ese mismo día se celebra en el país el Día Nacional de la Bachata.
El reconocimiento no fue un gesto simbólico: puso a la bachata junto al merengue, también declarado Patrimonio de la Humanidad en 2016, como los dos grandes ritmos que representan a la República Dominicana ante el mundo. Para un género que nació en la marginalidad, fue la mayor reivindicación posible.
Un símbolo de la identidad dominicana
La bachata es hoy mucho más que un ritmo: es una forma de contar quiénes son los dominicanos. Sus letras hablan de amores que se van, de barrios que se extrañan desde lejos y de una nostalgia que entienden tanto el que vive en Santo Domingo como el que emigró a Nueva York o a Madrid. Su baile, de pasos sencillos y abrazos cercanos, se enseña en academias de todos los continentes.
Del bolero campesino de los años sesenta al reconocimiento de la UNESCO hay una lección que va más allá de la música: las expresiones que nacen del pueblo, cuando son auténticas, terminan imponiéndose. La bachata, la música del amargue, se convirtió en la música que alegra al mundo entero.
Fuente: UNESCO
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