Que te Recuerda este Juego?
Si hay algo que nos hacía enojar cuando éramos niños era el famoso «Capú y no te abajes». Este «juego» consistía en lo siguiente: uno compraba un dulce, un juguete o lo que fuera que quisiera comprar (y tenía que ser algo que deseara con toda el alma). Pues luego de comprarlo venía otro muchacho, te daba un golpe en la mano, te tumbaba lo que tenías y decía: «Capú y no te abajes». Resultado: perdiste lo que tenías, porque quien «te hizo capú» se lo llevaba para su casa.
¿Ustedes saben el enojo que daba eso? Uno se pasaba una semana juntando los chelitos para comprar un jueguito que veía todos los días en la televisión; dejaba de merendar en el colegio, tomaba todas las devueltas de la compra de su mamá, se guardaba cada peso que encontraba donde fuera, hasta que por fin iba con todo ese menudo a comprar lo que tanto deseaba. Para que a los 20 minutos viniera un muchacho que no guardó ni un chele, con su guapería, diciendo «Capú y no te abajes» y ya, lo perdió todo.
Por supuesto, había una manera de defenderse. Cuando te hacían capú podías agacharte y tomar de nuevo lo que era tuyo. ¡Pero pobre de ti! Si te agachabas a recoger lo que es tuyo te caían a golpes. Por lo general eran dos o tres muchachos que se ponían de acuerdo para hacer capú, y entre los tres te daban una buena golpiza si te agachabas a recogerlo.
De niños pasamos muchos malos ratos, pero definitivamente «capú y no te abajes» era lo peor. No hay nada peor que enojarse y salir golpeado, y eso es precisamente lo que pasaba con el dichoso capú. Gracias a Dios crecimos y eso quedó atrás, aunque todavía aparecen personas que quieren aprovecharse de lo ajeno… y ahí no vale agacharse.
El «capú» forma parte de los juegos y bromas callejeras de la infancia dominicana, de una época en que los niños jugaban en la calle y en el patio sin teléfonos ni pantallas: con poco dinero, mucha imaginación y reglas inventadas entre ellos. Como otros juegos tradicionales —la vitilla, el trompo, la bolita y el escondido—, el capú vivía en la memoria oral de los barrios: no tenía manual ni árbitro, solo la picardía de quien lo hacía y el enojo de quien lo sufría. Hoy sobrevive como recuerdo compartido de generaciones que crecieron entre colmados, cheles y meriendas ahorradas.
Si hay algo que nos hacía enojar cuando éramos niños era el famoso «Capú y no te abajes». Este «juego» consistía en lo siguiente: uno compraba un dulce, un juguete o lo que fuera que quisiera comprar (y tenía que ser algo que deseara con toda el alma). Pues luego de comprarlo venía otro muchacho, te daba un golpe en la mano, te tumbaba lo que tenías y decía: «Capú y no te abajes». Resultado: perdiste lo que tenías, porque quien «te hizo capú» se lo llevaba para su casa.
¿Ustedes saben el enojo que daba eso? Uno se pasaba una semana juntando los chelitos para comprar un jueguito que veía todos los días en la televisión; dejaba de merendar en el colegio, tomaba todas las devueltas de la compra de su mamá, se guardaba cada peso que encontraba donde fuera, hasta que por fin iba con todo ese menudo a comprar lo que tanto deseaba. Para que a los 20 minutos viniera un muchacho que no guardó ni un chele, con su guapería, diciendo «Capú y no te abajes» y ya, lo perdió todo.
Por supuesto, había una manera de defenderse. Cuando te hacían capú podías agacharte y tomar de nuevo lo que era tuyo. ¡Pero pobre de ti! Si te agachabas a recoger lo que es tuyo te caían a golpes. Por lo general eran dos o tres muchachos que se ponían de acuerdo para hacer capú, y entre los tres te daban una buena golpiza si te agachabas a recogerlo.
De niños pasamos muchos malos ratos, pero definitivamente «capú y no te abajes» era lo peor. No hay nada peor que enojarse y salir golpeado, y eso es precisamente lo que pasaba con el dichoso capú. Gracias a Dios crecimos y eso quedó atrás, aunque todavía aparecen personas que quieren aprovecharse de lo ajeno… y ahí no vale agacharse.
El «capú» forma parte de los juegos y bromas callejeras de la infancia dominicana, de una época en que los niños jugaban en la calle y en el patio sin teléfonos ni pantallas: con poco dinero, mucha imaginación y reglas inventadas entre ellos. Como otros juegos tradicionales —la vitilla, el trompo, la bolita y el escondido—, el capú vivía en la memoria oral de los barrios: no tenía manual ni árbitro, solo la picardía de quien lo hacía y el enojo de quien lo sufría. Hoy sobrevive como recuerdo compartido de generaciones que crecieron entre colmados, cheles y meriendas ahorradas.

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