El arte taíno: los símbolos ancestrales que siguen vivos en la dominicanidad

Cemí taíno de piedra, figura de deidad tallada por los antiguos habitantes de la isla

Cemí taíno de piedra: las deidades talladas que los antiguos habitantes de la isla consultaban en sus rituales. Foto: Dominio público / Wikimedia Commons.

Antes de que existiera la República Dominicana, antes de que la isla se llamara La Española, hubo un pueblo que ya la había bautizado con poesía: Quisqueya, madre de todas las tierras, y Bohío, casa grande. Eran los taínos, y aunque su mundo se derrumbó con la conquista, dejaron un legado que ningún siglo ha logrado borrar: un arte de piedra, madera y pintura rupestre que sigue mirándonos desde los museos, las cuevas y hasta los logos de las empresas dominicanas de hoy.

Los cemíes: dioses de piedra

El corazón del arte taíno son los cemíes (también escritos zemíes): figuras talladas en piedra, madera, hueso o concha que encarnaban a los espíritus. No eran simples adornos: para los taínos, cada cemí era la morada de una fuerza de la naturaleza, y el cacique o el behique —el sacerdote-médico— los consultaba en rituales para pedir lluvia, buenas cosechas o victoria en la guerra. Los más famosos son las piedras de tres puntas, con rostros esculpidos que mezclan lo humano y lo animal, piezas de una geometría tan perfecta que los arqueólogos todavía discuten cómo las tallaron con herramientas de piedra.

Detrás de cada cemí había una mitología completa. Yucahú, el dios de la yuca y del mar, era el dador del alimento, el señor del casabe que sostenía a los pueblos. Atabey, su madre, era la diosa de la fertilidad y de las aguas. Esa cosmovisión no desapareció del todo: el sol taíno, las espirales y las caras de los cemíes reaparecen hoy en artesanías, murales, tatuajes y marcas dominicanas que buscan una raíz propia.

El duho y el ritual de la cohoba

Entre las piezas más refinadas del arte taíno están los duhos: asientos ceremoniales de madera tallada, reservados a los caciques, con respaldos altos decorados con figuras de animales y espíritus. Sentarse en un duho no era descansar: era asumir el poder. En esos asientos, el cacique presidía el ritual de la cohoba, una ceremonia en la que se inhalaba un polvo alucinógeno para comunicarse con los espíritus y recibir sus consejos antes de decisiones importantes, como una guerra o una siembra.

Los duhos que sobreviven —algunos en museos de Santo Domingo, otros en colecciones extranjeras— son obras maestras de la talla en madera tropical, un material que rara vez sobrevive cinco siglos en el clima caribeño. Que existan es casi un milagro, y por eso cada pieza es tratada como lo que es: un trono de un reino que ya no existe.

Las cuevas pintadas

Si los cemíes son la escultura taína, las cuevas son su galería de arte. La más impresionante está en la provincia San Pedro de Macorís, en la vía hacia La Romana: la Cueva de las Maravillas, declarada parque nacional el 22 de julio de 1997. A 25 metros bajo tierra, en 800 metros de galerías, los taínos dejaron alrededor de 500 pinturas y grabados: 472 pictografías y 10 petroglifos, en negro y rojo, con rostros humanos, animales, figuras geométricas y escenas de rituales funerarios. Los especialistas creen que la cueva fue sobre todo un lugar sagrado, un cementerio y un refugio donde se celebraban ritos.

No es la única. Las Cuevas del Pomier, en San Cristóbal, guardan una de las colecciones de arte rupestre más importantes del Caribe, y en Los Haitises las cavernas también conservan pictografías taínas. Cada trazo es un mensaje de hace ocho o diez siglos que todavía no hemos terminado de descifrar: los taínos no dejaron escritura, así que su arte es su documento.

El areíto: la fiesta que era historia

Los taínos también hacían arte con el cuerpo. El areíto era una ceremonia de canto y danza colectiva en la que decenas o cientos de personas, tomadas de las manos, bailaban en círculos mientras cantaban la historia de su pueblo: las hazañas de los caciques, las guerras, los mitos de origen. Era, a la vez, fiesta, archivo y escuela: la memoria de una sociedad sin escritura, transmitida de generación en generación al ritmo de los tambores y las maracas.

Los cronistas españoles quedaron fascinados con los areítos y los describieron con detalle. Hoy, grupos folclóricos dominicanos los recrean en festivales y actos culturales, y su espíritu sobrevive en cada celebración popular donde la comunidad entera baila junta para contar quién es.

Los símbolos que siguen vivos

El arte taíno no es una vitrina del pasado: es una cantera del presente. El sol taíno adorna artesanías que se venden en cada mercado del país; los petroglifos inspiran a pintores y diseñadores; la palabra Quisqueya nombra emisoras, equipos y canciones. Hasta la cocina guarda la herencia: el casabe, el pan de yuca amarga que los taínos perfeccionaron, fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en diciembre de 2024, compartido con otros países del Caribe.

Cinco siglos después de la llegada de los europeos, los taínos siguen hablando. No lo hacen con palabras, sino con piedra tallada, con pintura en la roca y con símbolos que cada generación de dominicanos vuelve a descubrir y a hacer suyos. El arte taíno es la primera página de la cultura dominicana, y todavía se está escribiendo.

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