Salomé Ureña: la poetisa que sembró versos en la patria

Retrato de Salomé Ureña de Henríquez, poetisa y educadora dominicana
Retrato de Salomé Ureña (1850-1897). Imagen de dominio público / Wikimedia Commons.

Hay nombres que la historia escribe con letras doradas y voces que, aun apagadas hace más de un siglo, siguen enseñando. Salomé Ureña de Henríquez es una de ellas: poetisa, educadora y madre de una generación de intelectuales, considerada la escritora más excelsa de las letras dominicanas y honrada como la poetisa nacional.

Una niña criada entre libros

Salomé Ureña Díaz nació en Santo Domingo el 21 de octubre de 1850, hija de Nicolás Ureña de Mendoza y Gregoria Díaz de León, en el seno de una familia culta. Su padre y su abuela se encargaron de su educación en el hogar y le transmitieron el amor por la literatura desde muy temprana edad, en una época en la que pocas mujeres tenían acceso a la instrucción.

La niña prodigio no tardó en florecer: a los 17 años publicó sus primeros versos (1867) y pronto su nombre comenzó a circular en los círculos literarios de la capital, firmando poemas que sorprendían por su madurez y su dominio de la forma.

La poesía como patria

La obra de Salomé Ureña, de cerca de sesenta composiciones, recorre la épica y la lírica con igual maestría. En poemas como «Ruinas», «La llegada del invierno», «El ave y el nido», «Mi Pedro», «Sombras» y «La fe en el porvenir», la poetisa canta al amor, al dolor, a la maternidad y, sobre todo, a la patria.

Su poema épico «Anacaona», dedicado a la cacica taína, es una de sus creaciones más ambiciosas: en sus versos rescata la memoria indígena de la isla y la convierte en símbolo de dignidad frente a la conquista. Con «Anacaona», Salomé demostró que la poesía dominicana podía mirar de frente a su historia más antigua y hacerla suya.

La maestra que abrió las aulas a la mujer

Pero Salomé Ureña no solo escribió versos: transformó la educación de su país. En 1881 fundó el Instituto de Señoritas, la primera escuela dominicana dedicada a la educación superior de la mujer, donde las jóvenes podían formarse como maestras y profesionales.

En un siglo XIX que reservaba la universidad y las profesiones a los hombres, el Instituto de Señoritas fue un acto de valentía y de visión. De sus aulas salieron las primeras maestras normales del país, mujeres que multiplicaron la obra de Salomé en escuelas de toda la República. Su aporte a la educación dominicana es tan grande como su aporte a las letras.

Una familia de gigantes

Salomé se casó con Francisco Henríquez y Carvajal, médico, escritor y educador —quien llegaría a ser presidente de la República—, y juntos formaron uno de los hogares intelectuales más brillantes del Caribe. Sus hijos Pedro Henríquez Ureña y Max Henríquez Ureña se convertirían en dos de los ensayistas y filólogos más importantes de América Latina, y su hija Camila también destacó en las letras.

La semilla que Salomé sembró en su casa germinó en bibliotecas de todo el continente.

El adiós y el homenaje eterno

La tuberculosis apagó su voz el 6 de marzo de 1897, cuando tenía apenas 46 años. El país entero lloró a su poetisa: su entierro fue una manifestación de duelo nacional y sus restos descansan hoy en el Panteón Nacional, junto a los próceres de la patria.

En su honor, cada 21 de octubre —el día de su natalicio— la República Dominicana celebra el Día Nacional del Poeta. Escuelas, calles y bibliotecas llevan su nombre, y sus versos siguen leyéndose en las aulas donde ella soñó ver a las mujeres aprendiendo.

Salomé Ureña nos enseñó que la palabra también es una forma de construir patria: con un poema se puede fundar una escuela, y con una escuela, un país.


 

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