Los Guloyas de San Pedro de Macorís: la danza cocola que es Patrimonio de la Humanidad
Foto: MarieDiaz / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Hay mañanas en San Pedro de Macorís en las que la calle despierta antes que la gente. Retumban los tambores, se abre paso una comparsa de trajes de colores imposibles, máscaras festivas y una energía que contagia a todo el que pasa. Son los Guloyas, la compañía de teatro danzante que convierte la Navidad petromacorisana en una celebración de identidad y que lleva el nombre de la República Dominicana a la lista más prestigiosa de la cultura mundial.
Raíces cocolas: la herencia que cruzó el mar
Para entender a los Guloyas hay que mirar hacia las Antillas Menores. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, miles de inmigrantes de habla inglesa llegaron a San Pedro de Macorís desde las islas británicas del Caribe para trabajar en los ingenios azucareros. Eran los cocolos, y con ellos trajeron su lengua, su fe, sus iglesias, sus escuelas y sus formas de celebrar la vida.
De esa memoria africana y caribeña nació una tradición única: el teatro bailado Cocolo, conocido en el mundo como Cocolo Dancing Drama Tradition. Los Guloyas son su expresión más alta: una manifestación que funde teatro, música y danza y que, de generación en generación, se ha mantenido viva en los barrios de San Pedro de Macorís. El propio término «cocolo», que en su origen se usó de forma despectiva para nombrar a los trabajadores de las plantaciones británicas, hoy se pronuncia con orgullo.
Un teatro que se baila: personajes, máscaras y tambores
Ver a los Guloyas es asistir a una obra de teatro en movimiento. Sus representaciones escenifican dramas bíblicos y medievales —como la historia de David y Goliat— junto a relatos de vaqueros, indios y figuras tradicionales como el imponente Moko-Yombi, el personaje de los zancos que domina la escena desde las alturas.
El vestuario es parte esencial del espectáculo: trajes de colores vibrantes, máscaras y adornos que convierten a cada danzante en un personaje de leyenda. Su paso más característico —levantar la rodilla con fuerza al ritmo de los tambores de raíz africana— es inconfundible, y en sus celebraciones se cantan villancicos y se escucha música de grupos de cuerdas. Sus cantos festivos conservan estribillos históricos en inglés cocolo, como el célebre «Good morning, good morning, give me the guavaberry», memoria viva de la lengua de sus ancestros.
La Navidad en San Pedro de Macorís
Los Guloyas salen a las calles en los días más esperados del año: durante las festividades navideñas —con el 25 de diciembre como día grande—, el Día de Reyes y los carnavales de la región. Cuando desfilan no solo bailan: saludan a los vecinos, bendicen la calle y le recuerdan a San Pedro de Macorís quién es y de dónde viene.
Por eso se les considera el referente folclórico más importante de la provincia. Donde hay Guloyas hay fiesta, y donde hay fiesta cocola hay una comunidad que se reconoce en su propia historia. Cada presentación es también una escuela: los más jóvenes aprenden de los mayores los pasos, los cantos y el significado de cada personaje.
Patrimonio de la Humanidad: un orgullo que compromete
En 2005, la UNESCO proclamó la tradición del teatro bailado Cocolo como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, y en 2008 la inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Fue la primera manifestación dominicana en alcanzar ese reconocimiento, y abrió el camino para que el mundo mirara con otros ojos la riqueza cultural del país.
El título no es un adorno: es un compromiso. Significa que los Guloyas no pertenecen solo a San Pedro de Macorís, sino que son una herencia que la República Dominicana custodia para toda la humanidad. Cada tambor, cada máscara y cada paso de baile es una página viva de la historia cocola, escrita por quienes cruzaron el mar y decidieron quedarse para siempre.
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