El café dominicano: de las montañas de Polo a la taza

Plantación de café cultivada bajo sombra (foto de archivo). Imagen: USDA / Wikimedia Commons (dominio público).
En la República Dominicana el café no es una simple bebida: es un ritual, un punto de encuentro y una forma de medir el día. Se ofrece al visitante antes que cualquier otra cosa, se cuela en los momentos de conversación y acompaña desde el amanecer hasta la sobremesa. Pero detrás de cada taza hay casi tres siglos de historia, montañas que guardan microclimas privilegiados y miles de familias que viven del grano.
Un grano con casi tres siglos de historia en la isla
El cultivo del café llegó a la isla en 1735, cuando los españoles lo introdujeron por la región de Barahona. Desde ese punto del sur se propagó hacia las zonas montañosas, hasta integrarse de forma natural en la vida dominicana. Con el tiempo, el café se convirtió en uno de los principales cultivos agrícolas del país y en uno de sus productos más emblemáticos.
Cada región aportó algo distinto. Las condiciones de altura, suelo y clima hicieron que el mismo grano desarrollara perfiles diferentes según el lugar donde creciera: el Cibao en altura se distingue por notas afrutadas y acidez equilibrada; el de la zona de Neyba presenta matices cítricos y dulces; y el de Barahona sobresale por su cuerpo intenso y su aroma profundo. Esa diversidad regional es parte de la riqueza del café dominicano.
Las zonas cafetaleras: Barahona, Polo, el Cibao y más
Las regiones cafetaleras del país se concentran en las montañas: Barahona y la Sierra de Bahoruco en el sur, la Cordillera Central y distintas zonas del Cibao. La altura y el clima tropical de estas montañas ofrecen la temperatura y la humedad ideales para que el grano de la variedad arábica madure lentamente, un proceso que le permite desarrollar un perfil de sabor balanceado, de baja acidez natural y cuerpo completo.
El cultivo sigue siendo, en gran medida, un arte familiar. El Instituto Dominicano de Café (Indocafé) registra 28,221 productores en todo el país, de los cuales 6,958 están en la región sur —el 24.6 % del total—, trabajando en 8,337 fincas. La recolección se hace a mano, cereza por cereza, seleccionando solo los granos maduros; después vienen el descascarado, el tostado y la molienda, pasos que muchas familias aún realizan con métodos tradicionales.
Polo: el pueblo que vive del café
En la Sierra de Bahoruco, el municipio de Polo, en la provincia Barahona, es el corazón cafetalero del sur. Según la Oficina Nacional de Estadística, al cierre de 2023 unas 7,646 personas se dedicaban al cultivo del café en Polo, lo que representa el 70 % de su población. Aquí el café no es solo una cosecha: es la identidad del pueblo.
Ese vínculo se celebra cada año en el Festicafé, el festival del café de Polo que nació en 2008 con el objetivo de promover la calidad del café de la zona y fortalecer la economía de los caficultores locales. Con el tiempo se convirtió en una de las festividades más importantes del sur del país: catas, concursos gastronómicos, degustaciones, artesanía y música reúnen a productores, turistas y amantes del café. Además, el municipio ha encontrado en el turismo comunitario una oportunidad: senderismo por las plantaciones, recorridos por cada etapa del proceso y la experiencia de tomar una taza hecha en Quisqueya, en el mismo lugar donde nació el grano.
La cultura del café colado
Si el café es el grano, el colador es el instrumento de la tradición. En miles de hogares dominicanos el café se prepara colado: agua caliente que pasa lentamente por el café molido dentro de un colador de tela, gota a gota, hasta llenar la taza de un líquido oscuro y aromático. El "cafecito" colado no admite prisa; es la excusa perfecta para la visita, la conversación y la pausa.
Ese ritual diario explica por qué marcas como Café Santo Domingo se han convertido en emblemas nacionales, proyectando el café dominicano más allá de las fronteras sin perder su esencia. El café acompaña la mañana del trabajador, la tarde de la abuela y la tertulia de los amigos: es, sencillamente, parte del ser dominicano.
De las montañas de Barahona y Polo a la taza de cada hogar, el café dominicano sigue siendo lo que ha sido durante casi trescientos años: historia, trabajo y cultura en una misma taza.
Fuente: Financiero Digital
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